A menudo pensamos en la salud mental y física de nuestros perros y gatos como dos entidades completamente separadas. Si nuestro perro nos gruñe al ponerle el arnés, pensamos que es «dominante» o «desobediente». Si nuestro gato deja de usar su arenero, creemos que se está «vengando» por haberlo dejado solo el fin de semana. Sin embargo, la medicina veterinaria moderna nos demuestra cada día que el comportamiento es, en muchísimas ocasiones, el único lenguaje que tienen nuestros animales para decirnos: «Me duele algo».
Para comprender plenamente por qué un animal cambia de actitud, debemos mirar más allá de su cerebro y sus hormonas. Debemos observar sus articulaciones, su estómago y su piel. Es imprescindible realizar un diagnóstico médico completo antes de asumir que un problema es puramente de conducta, porque tratar el síntoma conductual sin tratar la enfermedad subyacente no solo es ineficaz, sino profundamente injusto para él.
El enemigo invisible: el dolor crónico y los problemas ortopédicos
El dolor es, sin lugar a dudas, una de las causas más frecuentes y menos diagnosticadas de los cambios de comportamiento, especialmente el dolor crónico de origen ortopédico (1). En la naturaleza, mostrar dolor es mostrar debilidad, lo que convierte al animal en una presa fácil. Por instinto de supervivencia, nuestros perros y gatos han evolucionado para ocultar su sufrimiento físico todo el tiempo que les sea posible.
En la clínica diaria, los veterinarios se encuentran habitualmente con animales que padecen osteoartritis (desgaste y dolor en las articulaciones). El impacto de esta enfermedad en el comportamiento es brutal. En los gatos, la osteoartritis es increíblemente común en animales mayores, pero rara vez la detectamos porque los gatos con dolor articular casi nunca cojean. En lugar de eso, sus tutores notan cambios sutiles en su día a día: el gato deja de subirse a los muebles altos, duda antes de saltar, duerme mucho más de lo habitual, se vuelve reacio a jugar o, de repente, se muestra agresivo si intentamos cepillarlo en la zona lumbar (2). Además, es frecuente que un gato con dolor articular deje de usar su arenero sencillamente porque le duele agacharse o porque los bordes de la caja son demasiado altos para él (2, 3).
En los perros, el dolor altera drásticamente su forma de interactuar con el mundo [3]. Un perro con dolor de espalda o de cadera puede desarrollar agresividad hacia las personas o hacia otros perros como un mecanismo de autodefensa (1, 5). Si prevé que el contacto físico (una caricia, el cepillado o que le pongan la correa) le va a causar dolor, gruñirá o morderá para evitarlo (6). Con el tiempo, este comportamiento se instaura: el perro aprende que la agresividad funciona para evitar el dolor (7).
Además, existe una fuerte coexistencia entre los trastornos de ansiedad y el dolor crónico (8). El dolor constante mantiene el sistema nervioso en un estado de alerta y estrés perpetuo. Esto significa que un animal con dolor crónico desarrollará una sensibilidad exacerbada a su entorno. Los perros pueden volverse temerosos a ruidos que antes no les importaban, mostrar fobia a ciertas superficies (como suelos resbaladizos donde sienten que van a caer y lastimarse) o sufrir un aumento en la ansiedad por separación. El dolor disminuye su tolerancia al estrés cotidiano y merma significativamente su calidad de vida (9, 10).
Curiosamente, el dolor no siempre se manifiesta como agresividad o apatía. Algunos animales desarrollan conductas de búsqueda constante de atención. Un perro que no se encuentra bien puede volverse extremadamente apegado a su tutor, lloriqueando, pidiendo caricias o siguiendo por toda la casa de forma obsesiva (11, 12). Entender que el dolor y el comportamiento problemático van de la mano es el primer paso para ayudarles (13).
El segundo cerebro: los trastornos gastrointestinales
La frase «somos lo que comemos» adquiere una dimensión completamente nueva cuando hablamos de nuestros compañeros. En los últimos años, la ciencia ha demostrado la poderosa conexión que existe entre el intestino y el cerebro. Los problemas gastrointestinales no solo provocan vómitos o diarrea; generan alteraciones del comportamiento tan severas que pueden confundirse con fobias o trastornos psiquiátricos (14, 15).
El dolor visceral (el dolor que proviene de los órganos internos, como el estómago o los intestinos) es sordo, constante y muy difícil de localizar para el animal. Esto genera una enorme frustración y ansiedad. Un perro o un gato que sufre de náuseas crónicas, acidez estomacal, intolerancias alimentarias o inflamación intestinal mostrará signos conductuales muy particulares (16, 17).
¿Qué hace un animal cuando le duele la barriga o siente náuseas? A menudo, desarrolla comportamientos que intentan aliviar ese malestar. Pueden empezar a lamerse los labios de forma repetitiva (un signo clásico de náuseas), tragar saliva en exceso o masticar al aire. Uno de los síntomas más característicos es la ingesta compulsiva de hierba, plantas, telas, plásticos o lamer el suelo y las paredes de forma frenética [9]. Este último comportamiento se conoce como pica y, aunque muchos dueños lo interpretan como un capricho o aburrimiento, suele ser una señal de alerta de que el sistema digestivo no está funcionando bien (18, 19, 20, 21).
Además, el malestar digestivo crónico interrumpe el sueño. Un perro que se despierta constantemente durante la noche debido al reflujo ácido o a los retortijones estará exhausto al día siguiente. La falta de descanso reparador lo volverá irritable, menos tolerante a la manipulación y mucho más propenso a reaccionar de forma agresiva ante estímulos menores. La inflamación del intestino también afecta a la producción de neurotransmisores clave (como la serotonina, que regula el estado de ánimo y que se produce en gran medida en el tracto digestivo). Por tanto, tratar el problema digestivo a través de la dieta y la medicación es imprescindible antes de poder modificar la conducta (22, 23).
Vivir en tu propia piel: los problemas dermatológicos
Intenta imaginar por un momento cómo te sentirías si tuvieras un picor intenso e incesante en la espalda y no pudieras rascarte. ¿Cómo afectaría eso a tu humor, a tu paciencia y a tu capacidad para dormir? Esto es exactamente lo que experimentan los animales con enfermedades dermatológicas.
El prurito (picor) es una sensación extremadamente estresante (24). Enfermedades comunes como la dermatitis atópica, la alergia ambiental, la alergia a la picadura de pulga o las alergias alimentarias causan una inflamación severa en la piel. El picor crónico es una forma de dolor y, como tal, activa las mismas vías de estrés en el cerebro (25, 26, 27).
Los animales con problemas de piel severos viven en un estado de nerviosismo crónico. Su calidad de sueño se desploma despertándose continuamente para rascarse, lamerse o morderse. Esta privación del sueño y la molestia constante los vuelve irascibles y reactivos. En los perros, el rascado y el lamido pueden convertirse en una conducta compulsiva. Por ejemplo, la dermatitis por lamido acral (cuando un perro se lame compulsivamente una pata hasta hacerse una herida) a menudo comienza por un picor real, pero el acto de lamerse libera endorfinas en el cerebro, convirtiendo el lamido en un mecanismo adictivo para calmar la ansiedad (28, 29).
En los gatos, el estrés y los problemas de la piel están tan unidos que a veces es imposible saber qué fue primero. Los gatos ansiosos pueden acicalarse de forma obsesiva hasta quedarse calvos (alopecia psicógena), pero antes de asumir que es «solo estrés», el veterinario debe descartar siempre que haya un parásito o una alergia causando ese picor inicial (29).
El impacto silencioso de los fármacos
Finalmente, no podemos hablar de la relación entre enfermedad y comportamiento sin mencionar los medicamentos. Muchos de los fármacos que los veterinarios prescriben para salvar vidas o curar enfermedades físicas tienen efectos secundarios directos sobre el carácter del animal (30).
El ejemplo más claro son los glucocorticoides (cortisona), que se utilizan habitualmente para tratar inflamaciones severas o picores dermatológicos. Estos medicamentos pueden alterar el comportamiento, provocando un aumento en la irritabilidad, cambios de humor, ladridos excesivos, aumento del miedo y, en algunos casos, agresividad. También aumentan enormemente el hambre y la sed, lo que puede llevar al animal a robar comida de la basura o a orinarse dentro de casa, generando conflictos con la familia (30).
Otros medicamentos, como ciertos antibióticos (que alteran el microbioma intestinal), los tratamientos para la epilepsia o los analgésicos, pueden causar sedación, letargo o desorientación. Por eso, si un animal que está bajo tratamiento médico comienza a portarse mal de forma repentina, la primera pregunta no debe ser «cómo lo educo», sino «qué medicamento está tomando».
Conclusión
El comportamiento no ocurre en el vacío. Es el resultado de cómo el cuerpo del animal percibe el mundo y cómo se siente por dentro. Ya sea una articulación con artrosis que no le permite saltar, un intestino inflamado que no le deja dormir, una alergia en la piel que le vuelve loco de picor, o una pastilla que le altera el humor, el bienestar físico es la base innegociable de la buena conducta.
La próxima vez que enfrentes un problema de comportamiento en tu perro o gato, recuerda que la paciencia y el adiestramiento son vitales, pero nunca funcionarán si el animal está luchando una batalla invisible contra su propio cuerpo. La visita al veterinario, el diagnóstico certero y el tratamiento multidisciplinar son la clave para devolverle la salud y la felicidad a tu mejor amigo.
Susana Muñiz de Miguel
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