La convivencia entre humanos y perros tiene una historia de al menos 15.000 años, posiblemente más1,2. A lo largo de estos años, los perros han desarrollado la capacidad de interpretar algunas de nuestras señales3 . Sin embargo, su forma de percibir e interpretar el mundo es distinta a la nuestra4, y esto abre la puerta a malentendidos.
Comprender estas diferencias es clave para mejorar la eficacia de la comunicación y la convivencia. En este artículo exploraremos, a partir de la evidencia científica, algunas de las principales áreas de malentendido entre humanos y perros, tanto las derivadas de nuestras diferentes capacidades sensoriales como las relacionadas con el aprendizaje.
Cuando nuestra voz dice una cosa y nuestro olor otra
Estudios recientes han confirmado lo que la cultura popular siempre ha dicho: los perros perciben el olor asociado al miedo y al estrés de las personas5. Esta capacidad aparece ya en la etapa de cachorro, lo que apunta a una base innata6. Además, detectar estas señales influye en su respuesta: tras oler señales asociadas al miedo, los perros pueden mostrar jadeo, inquietud, evitación o menor exploración7, presentar un aumento de la frecuencia
cardiaca7 y volverse más cautelosos en situaciones ambiguas8. Un estudio más reciente demostró que, incluso cuando los humanos no muestran señales visibles de miedo, los perros reaccionan al olor del miedo de manera diversa: frente a ese olor, algunos perros se alejan, otros se acercan curiosos y otros lo hacen con precaución9. Estas diferencias sugieren que el temperamento y la historia individual influyen en la reacción.
Ejemplo: Ante el acercamiento repentino de un niño corriendo hacia el perro, el tutor del perro puede intentar tranquilizarlo mediante palabras suaves. Sin embargo, sus señales olfativas de estrés y la tensión corporal pueden transmitir un mensaje contradictorio que puede repercutir en la respuesta del perro.
Cuando nuestra voz dice una cosa y nuestro cuerpo otra
Los perros son muy sensibles a las señales corporales, como las expresiones faciales12 y los gestos referenciales, es decir, aquellos gestos con intención comunicativa, como mirar o señalar en una dirección13,14,15 .
- En el caso de las expresiones faciales humanas, los perros parecen diferenciarlas. Dedican más tiempo a observar las emociones que se acompañan de vocalizaciones congruentes en comparación con aquellas asociadas a voces incongruentes12. Además, evitan las expresiones de enfado y prestan más atención a emociones como el miedo, que pueden aportar información útil sobre el entorno16. Esta sensibilidad emocional se afina con la edad16.
Ejemplo: si una persona dice al perro con voz amable “ven aquí’, pero muestra una expresión facial enfadada, es probable que el perro perciba la discrepancia y dude antes de acercarse.
- En el caso de los gestos referenciales, los perros entienden estas señales de forma fiable y las usan para guiar su conducta3,15,17. Esta habilidad aparece ya en la etapa de cachorro18 y suele estar más desarrollada en razas seleccionadas para colaborar estrechamente con los seres humanos19, aunque puede mejorar con la experiencia20. Además, esta capacidad está ligada al aprendizaje social: si señalamos un objeto, el perro tiende a fijarse en él (copiado de estímulo), y si actuamos en una zona concreta, puede dirigirse hacia allí (copiado de área)21,22.
Ejemplo: Cuando un perro se acerca a un objeto potencialmente peligroso y el tutor usa la voz para alejarlo pero mantiene el cuerpo y la mirada orientados al objeto, el perro puede interpretarlo como una señal de interés y mantener su atención en lugar de alejarse.

– La distinta influencia de las señales verbales y corporales sobre el comportamiento de los perros también se aprecia en las señales gestuales aprendidas, es decir, aquellas que los perros han asociado a la realización de un comportamiento concreto. Por ejemplo, hacer un gesto con la mano y decir “siéntate” para indicar al perro que se siente. Cuando las señales gestual y verbal no coinciden, los perros suelen dar prioridad a una de las dos24.
Ejemplo: si el tutor da la señal verbal de ‘siéntate’ pero, sin darse cuenta, la acompaña con la señal gestual propia del tumbado, es posible que el perro siga esta última y acabe tumbándose en lugar de sentarse.
Para lograr una comunicación clara y efectiva, es importante que todas las señales emitidas, tanto verbales como corporales, comuniquen lo mismo.
Cuando nuestro cuerpo se contradice
Clásicamente se ha estimado que el lenguaje corporal representa alrededor del 55 % de la comunicación humana 26. Aunque en realidad no pueda definirse un porcentaje exacto, este componente desempeña un papel decisivo en la comunicación y aporta gran parte del significado más allá de las palabras27.
Aun así, puede existir incoherencia entre las señales corporales emitidas: la postura, los gestos o la expresión facial pueden transmitir mensajes distintos sin que la persona sea plenamente consciente. Los perros son especialmente sensibles a esas señales emocionales involuntarias, como la tensión muscular o los pequeños movimientos del cuerpo.
El tono vale más que mil palabras
Los perros son sensibles a la entonación29 y responden con más fiabilidad a nuestro tono que al sonido de las palabras30. En un estudio sobre pastoreo, se observó que las señales acústicas breves, repetidas y ascendentes activaban la conducta, mientras que las prolongadas y descendentes tenían un efecto inhibidor30.
Ejemplo: Un “quieto” pronunciado con un tono agudo puede excitar al perro en lugar de detenerlo, mientras que un “vamos” en voz grave puede inhibir su comportamiento.
Para una comunicación eficaz, es importante que la entonación coincida con el efecto buscado: tonos agudos favorecen la activación; tonos graves ayudan a inducir calma o inmovilidad.
Límites en la comprensión de nuestro lenguaje verbal
Antes de analizar las señales verbales, conviene recordar que los perros no procesan el habla como los humanos.
Aunque pueden aprender y reconocer numerosas palabras, incluso cientos en algunos casos31 su comprensión depende tanto del contexto como de la forma en que se pronuncian. Por ejemplo, identifican mejor las palabras cuando se escuchan con buena calidad de sonido, mientras que su capacidad de reconocimiento disminuye notablemente si la señal es distorsionada o de baja calidad32.
Además, los perros reconocen palabras a pesar de pequeñas variaciones en la entonación o duración, pero tienen más dificultades si se modifican los fonemas, sobre todo al inicio de la palabra33. Por ejemplo, un perro que ha aprendido “camina” entenderá la palabra con variaciones de tono o duración, pero si se cambia el primer sonido, como “lamina”, es más probable que se confunda que si se modifica el final, como “camino”.
También presentan limitaciones para procesar ciertos aspectos del habla humana: comprenden mejor voces con ritmo lento y entonaciones claras y estables, mientras que un habla rápida o con cambios bruscos de tono les resulta difícil de interpretar34.
Para facilitar la comprensión verbal en los perros, es importante utilizar palabras claras, con buena calidad de sonido y entonación estable, evitando distorsiones, hablar demasiado rápido o realizar cambios bruscos de tono.
Señales verbales utilizadas de forma incoherente
En la comunicación con los perros, la coherencia entre lo que decimos y lo que el perro experimenta es fundamental. Cuando una señal verbal se asocia repetidamente a situaciones contradictorias, su significado para el perro se altera o incluso se invierte.
En algunos casos, la incoherencia surge entre la intención humana y el efecto real de la señal. Por ejemplo, una frase como “No pasa nada” puede pronunciarse con la intención de tranquilizar, pero si siempre aparece justo antes de algo que el perro percibe como desagradable (una manipulación, un ruido, un procedimiento veterinario), termina adquiriendo para el perro un valor de advertencia, no de calma.
En otros casos, la incoherencia proviene de la falta de consistencia en el uso de una misma palabra. Si la señal “ven” a veces anticipa algo positivo (premios, juego) y otras veces algo negativo (baño, fin del paseo), el perro recibe mensajes contradictorios. Como resultado, la señal pierde fiabilidad: el perro ya no sabe qué esperar y puede empezar a responder con duda.
En ambos ejemplos, el problema no está en la palabra en sí, sino en la incoherencia entre el mensaje verbal y la experiencia que lo acompaña.
Conclusiones
La comunicación con los perros puede ser muy eficaz si nuestras señales son claras y coherentes. Cuando cuerpo, voz y olor transmiten mensajes contradictorios, pueden surgir malentendidos. Ser conscientes de estas diferencias nos ayuda a relacionarnos de forma más comprensible y a mejorar el bienestar compartido.
Ma Josep Piñol y Gabriella Tami
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