En consulta hablamos mucho de conducta, pero no siempre preguntamos bien por el sueño. Sabemos qué come el animal, cuánto pasea, si se queda solo o cómo convive con otros animales. Pero a veces pasamos por alto una pregunta sencilla: ¿descansa de verdad?
La respuesta no siempre coincide con las horas que pasa tumbado. Un perro puede estar acostado y seguir pendiente de cada movimiento de la casa. Un gato puede dormir escondido porque es el único sitio donde nadie lo interrumpe. Un paciente geriátrico puede alternar somnolencia diurna con inquietud nocturna, y la familia interpretarlo como «cosas de la edad».
Cuando un perro o un gato no descansa bien, puede mostrarse más irritable, reactivo o menos tolerante a la manipulación. En perros se ha encontrado una relación entre ciertas características del sueño y una mayor gravedad de los problemas de comportamiento referidos por sus cuidadores. Esto no demuestra que una cosa cause la otra, pero refuerza la importancia de preguntar por el descanso (Tooley y Heath, 2022). El sueño alterado puede ser consecuencia de ansiedad, dolor o enfermedad y, a la vez, dificultar la adaptación del animal a su entorno (Mondino et al., 2021).
El sueño canino se conoce mejor gracias a técnicas no invasivas como la polisomnografía —el registro simultáneo de variables fisiológicas durante el sueño— y la electroencefalografía (EEG), que registra la actividad eléctrica cerebral (Kis et al., 2014; Bódizs et al., 2020). En gatos, la evidencia obtenida con estos métodos es más reciente y limitada (Bálint et al., 2024).
No todo movimiento durante el sueño es patológico
En mamíferos, el sueño alterna principalmente entre NREM (sin movimientos oculares rápidos) y REM (con movimientos oculares rápidos). El NREM se asocia con una actividad cerebral más sincronizada y, en sus etapas profundas, con predominio de ondas lentas. En perros y gatos suelen utilizarse categorías amplias como vigilia, somnolencia, NREM y REM (Kis et al., 2014; Bálint et al., 2024).
El REM es un estado paradójico: el cerebro permanece relativamente activado mientras disminuye de forma marcada el tono muscular. En esta fase pueden observarse movimientos oculares, sacudidas de patas, vibrisas, orejas o labios y vocalizaciones breves. La inhibición muscular no implica una inmovilidad absoluta, por lo que estos movimientos no indican necesariamente una alteración (Peever y Fuller, 2017).
Movimientos pequeños y breves, con el animal acostado y una recuperación normal, suelen ser compatibles con sueño REM fisiológico. En cambio, incorporarse, correr dormido, chocar, morder, vocalizar intensamente, presentar rigidez, salivación, micción o desorientación posterior obliga a ampliar el diagnóstico diferencial. Deben considerarse, entre otras posibilidades, trastorno de conducta del sueño REM, crisis epilépticas nocturnas, dolor, prurito, disfunción cognitiva y otras alteraciones médicas o neurológicas (Mondino et al., 2021). El vídeo domiciliario ayuda a valorar la duración, el patrón motor, la postura y el estado del animal al despertar.
Dormir mucho no siempre es dormir bien
Más que preguntar solo cuántas horas duerme, conviene observar cómo lo hace: si logra relajarse, se despierta con facilidad, busca esconderse, puede descansar también cuando está separado de sus cuidadores o sigue en vigilancia.
La arquitectura del sueño es su organización. La macroestructura describe cuánto tarda el animal en dormirse, cuánto duerme, cuántas veces se despierta y cuánto tiempo pasa en NREM o REM. La microestructura analiza mediante el EEG qué ocurre dentro de cada fase, incluidos distintos rangos de frecuencia y fenómenos breves como los husos del sueño (Bódizs et al., 2020).
En perros, la actividad sigma y los husos durante NREM se han relacionado con el aprendizaje. Una experiencia de aprendizaje también puede modificar la actividad EEG durante el sueño posterior (Kis et al., 2017; Iotchev et al., 2017). Dormir, por lo tanto, no sirve solo para reponer energía: también participa en el procesamiento de experiencias.
Para la clínica conductual esto tiene consecuencias prácticas. Alteraciones emocionales o médicas pueden afectar el descanso. Un animal con dolor, por ejemplo, puede pasar muchas horas tumbado sin lograr un descanso continuo. En perros con osteoartritis se han descrito cambios en el descanso relacionados con el dolor, y el tratamiento analgésico puede mejorar parámetros de actividad vinculados al sueño (Gruen et al., 2019; Smith et al., 2022).
El sueño se adapta a la casa
El sueño está regulado por ritmos internos y por el ambiente. El ritmo circadiano, de aproximadamente 24 horas, coordina sueño y vigilia con otros procesos fisiológicos. En perros de familia, el descanso varía según la hora, la actividad previa y el lugar donde duermen, factores muy ligados a la rutina humana (Bunford et al., 2018; Bódizs et al., 2020).
En gatos conviene evitar la simplificación de que «son nocturnos». Pueden presentar más actividad al amanecer y al atardecer, pero existe una marcada variabilidad individual. La comida, el juego, la presencia de otros animales y la seguridad del territorio influyen en cómo y cuándo descansan (Ellis et al., 2013).
También existe una presión homeostática: cuanto más tiempo permanece despierto un animal, mayor es la necesidad de dormir. Dentro del descanso aparecen ciclos ultradianos que alternan NREM y REM. No deberíamos trasladar automáticamente a perros y gatos los ciclos humanos de unos 90 minutos; su organización varía entre especies y según la edad y el contexto (Bódizs et al., 2020; Reicher et al., 2021; Saper y Fuller, 2017).
Hormonas: la noche también ordena el cuerpo
El sueño también se acompaña de cambios hormonales. Sin embargo, gran parte de lo que sabemos procede de estudios humanos o modelos experimentales y no puede trasladarse sin más a perros y gatos (Kim et al., 2015).
La melatonina funciona sobre todo como una señal de noche biológica: aumenta en relación con la oscuridad y contribuye a sincronizar los ritmos circadianos, pero no produce por sí sola el sueño profundo ni el REM. El cortisol participa en el metabolismo, la activación y la respuesta al estrés; sigue ritmos fisiológicos y mantiene una relación de ida y vuelta con el sueño. En humanos, la actividad del eje hipotálamo-hipófisis-adrenal suele disminuir durante las primeras horas de descanso y aumentar cerca del despertar (Kim et al., 2015).
También en humanos, la hormona de crecimiento se relaciona especialmente con el sueño NREM de ondas lentas. En perros y gatos todavía falta evidencia específica. Sabemos que el sueño forma parte de la recuperación fisiológica, pero no podemos trasladar automáticamente a estas especies todo lo descrito en humanos (Kim et al., 2015).
Respetar el descanso también previene problemas
En hogares con niños, otros animales o rutinas impredecibles, el sueño puede interrumpirse con frecuencia. Un perro que duerme no debería ser tocado, abrazado ni despertado para jugar. Despertar bruscamente a un perro puede provocar una respuesta de sobresalto o defensiva, sobre todo en animales con dolor, miedo, dificultades sensoriales o edad avanzada. Los perros cuyo sueño se interrumpía con mayor facilidad también mostraron, en un estudio basado en información de cuidadores, una mayor gravedad de algunos problemas de comportamiento (Tooley y Heath, 2022).
En gatos, el descanso está muy ligado a la posibilidad de controlar el entorno. Necesitan lugares seguros y previsibles, a veces elevados o protegidos, y una posibilidad real de retirarse. Una cama sirve de poco si está en una zona de paso o puede ser invadida constantemente (Ellis et al., 2013).
Mejorar el descanso puede empezar por ofrecer lugares donde el animal duerma sin interrupciones, enseñar a la familia a respetarlos y observar si consigue relajarse. Esto no sustituye la evaluación veterinaria cuando existen cambios recientes, dolor, signos neurológicos o respiratorios, o episodios motores anormales.
Preguntar mejor
Incorporar el sueño a la anamnesis —la recogida sistemática de información clínica— no requiere mucho tiempo: ¿dónde duerme?, ¿puede retirarse sin ser molestado?, ¿se despierta ante cualquier ruido?, ¿ronca o jadea?, ¿cambia mucho de postura?, ¿hay niños u otros animales que interrumpen su descanso?, ¿cómo son los movimientos que aparecen mientras duerme?
Estas preguntas son especialmente importantes en animales con ansiedad, conductas agresivas, dolor crónico, enfermedad neurológica, problemas respiratorios, deterioro cognitivo, edad avanzada o cambios conductuales recientes (Mondino et al., 2021). También conviene formularlas cuando se utilizan psicofármacos, ya que sus efectos sobre el nivel de activación pueden variar según el fármaco y el paciente (Dantas y Ogata, 2024).
Cómo duerme un perro o un gato puede aportar pistas sobre ansiedad, dolor, deterioro cognitivo, alteraciones neurológicas, problemas respiratorios o fallos en el ambiente. También puede ayudarnos a prevenir conflictos. Respetar el descanso es una medida concreta de bienestar y seguridad.
Dormir bien no es solo dormir muchas horas. Es poder descansar en un entorno donde el animal se siente seguro.
Florencia de los Santos
Bibliografía
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